En algún momento en su experiencia de vida, tal
vez ha tenido la dicha de mirar al cielo y observar a una estrella fugaz. Si
bien su explicación científica y racional,
supone que no son estrellas y se definen
como rocas encendidas por el roce gravitacional de la capa terrestre contra su
superficie. Popularmente se les ha denominado estrellas fugaces, y a mi criterio
me gusta mucho más esta mágica interpretación; cuando era niña, me decían que el
fenómeno sucedía cuando entonces una estrella había muerto. Ver una estrella
caer a mi percepción a tan temprana edad, era un suceso hermoso, incluso romántico,
pocos segundos son suficientes para darte cuenta, que su luz nunca había sido
tan bella como la que enciende al final de su vida.
Al reflexionar acerca de la
muerte de una estrella, tornaba triste mi semblante, inmediatamente después de mirarla
pasar con asombro e ilusión, su luz era
hermosa, pero duraba tan poco tiempo su trayectoria.
He titulado mi escrito estrellas fugaces, en
honor a los hijos que se han despido de manera fugaz de este mundo, porque la
luz proyectada durante su existencia ha sido hermosa, pero su trayectoria muy corta. Este un espacio dedicado
especialmente para sus padres quienes han vivido la despedida de una estrella y
han visto alejarse la luz de sus vidas.
Creo importante destacar que no he vivido en mi
experiencia personal la pérdida de un hijo, pero he vivido y observado la
pérdida que mi madre sufrió al despedir a nuestra estrella fugaz (mi hermano).
No es lo mismo, lo sé, son dolores distintos, en una misma sintonía, frecuencia
y compatibilidad en el tiempo, pero el sentir de perder a un hijo vrs el sentir
de perder a un hermano, es muy distinto. Tal vez lo que yo logro interpretar
como su dolor, no sea la magnitud exacta, tal vez y me quedo corta, pero suyos son todos mis esfuerzos por intentar comprender
y entender, las implicaciones emocionales experimentadas al perder a un hijo (a).
Me gustaría mostrar con esto mi apoyo incondicional a todo padre y a
toda madre que ha vivido la dolorosa experiencia de despedir una estrella. De
una u otra manera espero mi escrito les sea de ayuda para seguir adelante en este
difícil camino de dolor, denominado duelo.
Día a día, padres y madres despiertan
preguntándose ¿cómo seguir adelante a pesar del dolor experimentado por la
muerte de su hijo (a)? A diario te
preguntas ¿Cómo seguir viviendo cuando una parte de ti se ha marchado tan
pronto? Sobrevives al tiempo, a las situaciones, sobrevives al trabajo, a la familia, a las
relaciones, y de manera casi automática sin ser consciente del paso del tiempo,
sobrevives a la vida. Alguna vez leí que la muerte de un hijo no es un
acontecimiento, es un camino indescriptible de supervivencia.
Cuando pierdes a un hijo (a), la vida parece
haber perdido en su totalidad, el sentido para ser vivida; todo a su alrededor
pierde la magia y el color; lo que antes pudo estallar en una carcajada para
ti, hoy no alcanza ni para hacerte sonreír. Perder a un hijo (a) es perder una parte de ti, que vino de ti, que vivió en
ti… perder a un hijo (a) es perder gran parte de tu vida.
Lo cierto, es que este escrito no debía de
haber existido, porque nadie debería de conocer el dolor de perder a un hijo (a).
No parece natural que los padres despidan a sus hijos, no es el ciclo de vida
que esperamos para los nuestros. “La muerte de un hijo es considerada en todas
las culturas un hecho antinatural, una inversión del ciclo biológico normal, y
por eso racional y emocionalmente inadmisible. Es clásico mencionar que ni
siquiera existe una palabra, equivalente a huérfano o viudo, que nombre a los
que penan a un hijo (a) muerto. Nombrar, desde el punto de vista simbólico del
lenguaje es sinónimo de tener control sobre lo nombrado, la falta de vocablo
quizás sea la máxima demostración de que este dolor es incontrolable,
inimaginable y que está absolutamente fuera de todo control” (J. Bucay, s.f.).
Al comenzar a caminar como diría J. Bucay el
camino de las lágrimas, descubres que nunca
nos habríamos podido preparar para los sentimientos experimentados tras
una perdida, y mucho menos si esa pérdida se trata de un hijo (a); aunque nos consolamos con la idea de que siempre
habrá, un pedacito de cielo en nuestro hogar.
Deseo dar a conocer la experiencia de un padre,
quién ha escrito unas palabras tituladas: el dolor sólo se supera con amor (al
final del documento adjunto el link, en caso de que deseen leer el escrito
completo), detallo las frases que más impacto generaron en mí, por su capacidad
de reevaluar su experiencia de dolor, encontrando un significado de vida. Destaco
de su escrito cuatro hermosos y valiosos párrafos, espero encuentren en ellos
como yo, la riqueza que sus palabras encierran:
“En estos últimos meses he aprendido
a llorar, a sentirme mal; he aprendido que el dolor es tan fuerte que lo notas
en el pecho, junto al corazón, que apenas te deja respirar. He aprendido a
recordar momentos a los que en su día no les dí más importancia pero ahora
recobran su auténtico valor.
También sé que los recuerdos son
como los vamos construyendo y que igual se alejan poco a poco de la realidad,
pero seguirán siendo mis recuerdos y mi verdad.
Como si fuera un libro de
sentencias, recuerdo sus frases y descubro la sabiduría que encierran. Y yo que
pensaba que éramos los padres los que enseñábamos a los hijos; hoy sé que no es
así, que nosotros les educamos y ellos nos educan a nosotros también, nos van
enseñando a mirar la vida de una manera diferente, sin tanto prejuicio, con la
mente mucho más abierta.
Pero lo más importante que he
aprendido es que el dolor no se supera con más dolor, ni con odio, ni con
angustia, ni con apatía, ni con cerrar los ojos y dejar de mirar. Sólo hay una
cosa que te ayuda a superar el dolor y esa cosa es el amor. Ahora sé que amo
mucho más que antes”.
El duelo por la pérdida de un hijo (a), no
llega a sanar del todo un corazón, pero mejora la frecuencia, la intensidad de
las emociones experimentadas en el duelo. Lo que sucede es que aprendemos a
vivir con ellos de otra manera. “El dolor
sólo se supera con amor”; de manera
breve comparto una pequeña metáfora, que ilustra las sabias palabras de este
padre de la mejor manera:
-“Un médico sabio dijo una vez, la mejor
medicina es el amor y los cuidados”,
-Entonces, alguien le pregunto: ¿y si no
funciona?,
-Él médico sonrió y contesto: “aumenta la
dosis.”.
Recordemos que el AMOR es la única medicina que
cura en forma milagrosa a todo ser viviente. Cuando alguien está atravesando un
momento difícil, por lo general nuestro instinto es querer darle la solución
que a nosotros nos ha ayudado. Lo cierto es que no podemos dar una fórmula
exacta o acciones concretas para superar un duelo, cada quién tiene su tiempo y
no a todos les funcionan las mismas cosas. Si bien es un atributo positivo querer asistir
a otros, parte de nuestra propia transformación es volvernos más sensibles para
saber cuándo es momento para dar un consejo, o cuándo es mejor guardar silencio
y escuchar.
Una madre sobreviviente al dolor por la pérdida
de su bebé, escribió en un blog una carta titulada: Querido Duelo (adjunto link
al final del documento para quienes deseen profundizar en tan hermoso escrito),
destaco de estas sentidas palabras lo
siguiente:
“Querido duelo, nunca te permitiría
que hagas de mi bebé lo peor que me pasó. Ella no merece tener una mamá
sombría, ella no merece ser recordada entre un mar de lágrimas. Porque mi hija,
es lo MEJOR, que me pasó en la vida, por eso hoy, le regalo una madre fuerte,
que sonríe con calma y paz al pensarla, que la puede traer de nuevo a la vida,
todos los días al recordarla”.
Al perder a una estrella, experimentas un
profundo e indescriptible dolor, una luz
en ti se apaga, una luz murió. “El dolor de los que hemos perdido a un ser
querido es incomparable, intransferible y, aunque intentemos expresarlo de
todas las formas posibles, siempre nos quedaremos con la sensación de que las
palabras no llegan, no alcanza, no bastan. En realidad es así: una expresión
verbal jamás tendrá la profundidad de todos nuestros sentimientos; tendríamos
que inventarnos palabras nuevas para esa situación totalmente nueva que nos
está desgarrando por dentro” (Angie Carmelo, Déjame Llorar). Sin embargo la
capacidad que posee el ser humano para sobre ponerse al dolor, superarse y
aprender a amar la vida de nuevo, es sorprendente.
Con el tiempo, te percatas que aunque su
presencia física ha dejado de existir, el amor trasciende la muerte, y en tu
corazón, en tus recuerdos, tu ser querido comienza a vivir. Te percatas que ha
vuelto a ti, que se ha quedado muy dentro, allí en tu corazón y es donde
entonces revelas que nunca se fue del todo, que solamente te acompaña de una
manera distinta. Ahí dentro de ti, hizo
su casa, tal como la primera vez, pues desde su concepción, ten presente que tú
siempre fuiste su casa. Ellos viven en ti, en tu mente, en tus recuerdos, en tu
llanto, en tu risa, en tu mirada, en tus gestos, pero más aún en tu corazón…
esa es la habitación preferida de tu cuerpo (su casa, su verdadero hogar).
Maribel, mamá de un ángel en el cielo, comenta
un artículo en la web titulado: La pérdida de un hijo, el amor incondicional. En
su comentario describe con sus propias palabras un suceso maravilloso, de
indescriptible valor que no puedo ni debo pasar por alto de compartir:
“Me di cuenta que la muerte ya no
importa, no me aleja tanto de ti como temía cuando te perdí; es cierto, mis
ilusiones ya no son las mismas, ni mi sonrisa, ni mi forma de ver el mundo.
Pero su recuerdo me da la fuerza para manifestar las cosas que realmente son
importantes, para transmitir que es mejor amar lo que haces y encontrarle el
lado positivo a lo que te encuentras en tu camino. A buscar un día a día mucho más
limpio”.
Me parece importante enriquecer mi escrito con
experiencias reales de trasformación y crecimiento vividas por madres y padres
quienes miraron su estrella fugaz - pasar. Me complace compartir la experiencia
del matrimonio de Julie, quién perdió su bebé a unas pocos días antes de nacer.
“Mi esposo y yo somos desde este día,
personas muy diferentes, vemos la vida muy distinta. Aún sufrimos, pero
entendimos que el dolor no se irá, pues vivimos la experiencia más dolorosa que
se puede vivir en este mundo: el perder a un hijo; pero estamos aprendiendo a
vivir con el dolor.
Es un ángel que Dios nos mandó para
que lo criáramos esos 9 meses con amor infinito - como el que le dimos, y fuera
un ángel muy bien preparado, y sabemos que con nuestro hijo a lado de Dios, el
cielo es más cielo”
Como bien lo menciona, Elisabeth Kubler – Ross (escritora
y pionera especialista en el tema de duelo y pérdida), es muy difícil aprender
a volver a tomar parte activa en la vida cuando perdemos a alguien a quien
amamos. Pero únicamente eso, dará un sentido a la muerte de nuestro ser
querido.
Concluyendo mi escrito me dirijo a todo padre y
madre que se encuentre atravesando una experiencia de dolor tan marcada como la
pérdida de un hijo (a). Y desde mi ser con amor y profundo respeto les envió un
abrazo fuerte y cálido; recuerden no están solos, solo les acompañan de una
manera distinta. Espero este escrito haya sido de su agrado, mi intención no
era repetir lo que la teorías o investigaciones científicas dictan acerca de
las reacciones experimentadas, mi verdadera intención es mostrarles las verdaderas
emociones que padres y madres en diferentes partes del mundo manifiestan al
despedir a una estrella y cómo a pesar de su dolor, deciden continuar. Un aplauso
para todos estos guerreros y guerreras, sobrevivir al dolor día con día y
encender el amor por la vida, es de valientes.
Finalmente me despido con una hermosa frase:
“Yo también
he mirado al cielo, buscando su sonrisa.
Yo también he esperado una gota de lluvia que me anuncie que ellos siguen ahí.
Yo también sobrevivo a esa sensación, a ese dolor, a ese vacío.
Yo, al igual que tú, tengo un ángel que desde el cielo, no deja de rezar por mí”
(Anónimo).
PD: consulten nuestra referencias bibliográficas,
pueden ser un buen acompañamiento.
Referencias