domingo, 5 de agosto de 2018

“LA MUERTE: Un asunto de todos”


“LA MUERTE: Un asunto de todos”
Por: Licda. Kimberly Vargas Morera, Psicóloga 7325


La muerte como diría Fernando Rivera Calderón en su diccionario del caos: “Es un pequeño fin del mundo que todos llevamos dentro”. Culturalmente ocultamos la muerte y tratamos de protegernos de ella; evitando mencionarla o siquiera pensarla. Manteniendo irracionalmente la idea que nombrarla es llamarla, pero escapar a su mención no nos vuelve inmunes a ella.  La certeza más grande que todos poseemos es que algún día moriremos, sin embargo: “todos mueren, pero no todos viven”.

Sobre la muerte se habla y se escribe poco, contribuyendo con esto al halo de misterio y sumándole a la muerte una visión catastrófica, adquiriendo  con esto mayor carácter de tabú. Lo cierto es que la muerte ha buscado ser definida y entendida desde dos grandes vertientes: la primera de orden religioso y de corte espiritual y la segunda responde a una postura médico-científica. Pero ninguna de las dos es dueña de la verdad absoluta. Por lo que la incertidumbre ante el destino del alma o la posición biologuista de la vida; resultan ser insuficientes. Tampoco cumplimos el “orden natural de la vida”, pues no se muere sólo cuando se envejece, morimos jóvenes, morimos viejos, morimos saludables o morimos enfermos, algunos de forma súbita y otros anunciada; y no sólo es relevante la forma de morir, sino el significado simbólico que adquiere en la cultura que nos vio nacer. En el oriente la muerte es una celebración que simboliza la paz, la transformación y la trascendencia, permitiéndole al otro agradecer su presencia y bendecir su existencia; en occidente en cambio asociamos la muerte con dolor y sufrimiento, la convertimos en un estímulo de miedo, por eso rechazamos con vehemencia todo lo referente a ella. No sabemos morir en una cultura que quizás tampoco sabe vivir. Olvidamos mirar, olvidamos abrazar y olvidamos estar. La rutina de la vida nos atrapa en un curso de sobrevivencia y egocentrismo, donde nos centramos todo el tiempo en nosotros mismos.

La muerte trae consigo la capacidad de humanizar, de vulnerabilizar pero principalmente de revelar. Al aproximarnos a la muerte de un ser querido o a la propia, reevaluamos nuestras decisiones y cuestionamos nuestras experiencias. Porque cuando te acercas a tu último momento las apariencias se desvanecen por completo y tus verdaderos deseos y voluntades aparecen. Morir es un  acto único; sólo se muere una vez y eso deja una marca imborrable entre  los que quedan. El maestro Enric Benito comenta que: “los ojos de los moribundos son espejos donde nos vemos reflejados”, pues al hablar de la muerte no nos aproximamos ni nos alejamos de ella, pero sí reafirmamos la vida.

Lo que nos invita a reflexionar y a mantener una actitud diferente frente a la muerte desde el inicio de la vida y no al momento de la muerte, de tal forma lograríamos incorporarla a nosotros de una forma natural. Pues al final de cuentas temerle a la muerte es también una construcción social. Las personas aunque con gran dificultad logran integrar las muertes de otras personas, no están dispuestas a lidiar con la idea de la muerte propia y los mecanismos de defensa de rechazo y temor comienzan a actuar. 

En esta vida, en esta realidad lo único que venimos a aprender es amar. Por lo que la muerte nos viene a enseñar que lo más valioso que tenemos no es el dinero, ni la fama, ni el poder, es el tiempo; puedes producir más dinero, más fama o poder, pero no producir más tiempo. Por eso valora cada segundo que entregas a otro y aprecia cada minuto que te obsequian otros, pues lo más valiosos que tenemos es el tiempo que compartimos con otros.

La muerte es cosa de todos, pues es nuestra verdad más universal, pero también lo es la vida. Por tanto disfruta a plenitud del tiempo que transcurre entre esos dos grandes silencios: el nacimiento y la muerte. La gente no muere diferente de cómo ha vivido por eso aunque un día moriremos, no te pierdas de vivir los demás días.

Quien se va necesita aceptación de lo vivido, de lo bonito y de lo no tan bonito, pero también conexión con lo querido. Así que procura llenarte de experiencias de vida completas, vive cada emoción con intensidad pero principalmente con autenticidad, finalmente como bien dice mi querida Elisabeth Kubler Ross, cada quien tiene su propio cielo.


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lunes, 28 de mayo de 2018

Piensa que un día te vas a morir.


Piensa que un día te vas a morir.
Por Kimberly Vargas Morera
Directora de Creciendo a través del duelo

«No le temamos a la vida
y mucho menos a la muerte,
porque quien tenga vida,
vida le dará a todo,
aún a su propia muerte»
Anónimo

Pensar que un día moriremos, es quizás la forma más eficaz para procurar disfrutar conscientemente de la vida y del tiempo que nos queda en ella. No somos seres eternos, aunque nuestro comportamiento social así lo sugiera. Vivimos como si nunca fuésemos a morir y morimos como si no hubiésemos vivido; reflexionando hasta el final de nuestra vida acerca de todo aquello que quedó pendiente, no resuelto o sin alcanzar; y es que bien lo ilustra una frase popular que asevera: “No se muere diferente de cómo se ha vivido.”

Lo fundamental sería entonces cuestionarnos, ¿he vivido/vivo a medias?.. dice Coelho que “El hombre es el único ser en la naturaleza que tiene conciencia de que va a morir. No se da cuenta de que, con la conciencia de la muerte, sería capaz de ser más osado, de ir mucho más lejos en sus conquistas diarias, porque no tiene nada que perder, ya que la muerte es inevitable…”.
Y es que tener la certeza de morir, no le resta brillo a la vida, todo lo contrario; la enciende. Hablar de la muerte te permite alcanzar la consciencia de la finitud de la vida y medir el verdadero valor de lo realmente esencial.

En vida perseguimos  sueños y fantasías de poder, prosperidad, fama y triunfo; sueños que se destiñen por completo ante el peso de la muerte. Comprendiendo que el verdadero tesoro del hombre, radica en el tiempo y más aún en el tiempo que le brindas a otro. Destacando la importancia de las acciones que ejecutes hoy y que serán las consecuencias del mañana. Es decir, si murieras hoy, haz pensado… cómo te recordarían mañana?, ¿Cuál ha sido tu legado?, ¿qué haz sembrado en los otros?. Elisabeth Kübler-Ross nos comenta que deberíamos estar más preocupados por lo que hacemos hoy: “Si hoy tomáis la opción más elevada en todo, no sólo en vuestros actos, sino también en vuestras palabras y en vuestros pensamientos, el momento de vuestra muerte será un momento maravillosamente feliz”.

No tener o evitar la oportunidad de abordar este tema con calma y serenidad, sin que signifique la aproximación a una muerte anunciada, nos aleja de la vida. No tener capacidad de tomar decisiones de cómo morir, antes de morir nos impide vivir una buena muerte y por consiguiente; también nos impide a vivir una buena vida. Por el contrario poder redactar nuestro testamento y planificar nuestra muerte con todo lo que esto implica: rituales religiosos y mortuorios, aun así considerándonos “sanos” o llenos de vitalidad, nos permite recibirla con menos dificultad cuando el momento haya llegado. Además quienes nos sobrevivan, sabrán cómo vivir su duelo de manera sana, sin temor ni culpas de haber faltado a nuestra voluntad.

Bien funciona crear una libreta y que nuestra familia sepa de su existencia y que podamos titular: “cuando yo muera…”, describiendo en ella gustos, solicitudes, voluntades, condiciones, herencias, legados y valores. Con la posibilidad de escoger incluso lo que desee que diga su epitafio, decidir si desea ser cremado o sepultado, dónde morir, dónde ser enterrado, cómo vestir y qué decoración tendrá usted en su funeral. Es su despedida de esta experiencia terrenal, ¿la dejará en manos de otros? Piense que podrá usted elegir la música, los bocadillos y hasta la permanencia o no de los asistentes.

El famoso teólogo Josep Gil considera que:”a lo largo de nuestra vida estamos construyendo nuestra muerte, pues el último aliento que expiramos puede contener todo lo que hemos hecho bien y a la vez, todo lo que no hemos llegado a hacer”. Y es que la muerte debe ser hablada, mirada de frente, escuchada y acompañada. Debemos educarnos y educar para que eso sea posible, instruyendo a nuestros hijos a que no tengan miedo a vivir y tampoco a morir. Por no hablar de la muerte no sabemos cómo manejar nuestro propio duelo, si habláramos de ella, nos sentiríamos más cómodos con las emociones que sentiríamos con el duelo. Kübler-Ross nos dice que entonces: “empezarías a daros cuenta que cada palabra y cada acto afecta vuestra vida y también alcanza a miles de otras vidas.” Y Alejandro Jadad por su parte, agregaría que: “La certeza de morir es el mayor incentivo que tenemos para lograr una vida plena, feliz y llena de amor”.

Sin embargo vivimos en una sociedad que a diario niega conscientemente la muerte, lo cual acaba irremediablemente también por negar la vida. Es por esto que resulta fundamental que la muerte deje de ser un tabú y comencemos a conversar más sobre ella. Cada persona sabe y conoce la condición inherente de finitud, pero la obvia con ligereza, sintiéndola lejana e impersonal. Incluso hasta podría advertir que esa respuesta evitativa explicaría un temor profundo a veces no reconocido conscientemente hacia la muerte. Hablar sobre aquello que tememos es el primer paso para reducir nuestro miedo.Como bien lo menciona Joan Carles Mélich, con frecuencia:” la sociedad olvida que no mueren los viejos, sino los vivos”. Joan critica que vivimos en una sociedad que sólo piensa y acepta la muerte como una cosa de gente mayor, una cuestión de aproximación al final del ciclo de vida. Pero hemos entendido el ciclo de vida como una norma universal, que ciertamente no todos cumplen. La gente no muere cuando envejece, la edad no es una característica única ligada al fallecimiento,  el único verdadero requisito para morir, finalmente es vivir.  

La muerte siempre sorprende, a cualquier edad, de cualquier forma… Nos va tocar morir y ver morir a nuestros seres queridos, como ya lo he mencionado, somos una cultura que por naturaleza niega la muerte. En la actualidad hay menos capacidad de luto, menos espacio para el dolor. La vida acelerada nos reduce espacios de intimidad y conexión con nosotros mismos. Comenzando incluso, por la falta de instrucción que recibimos ante la primer asistencia a una vela. No sabemos perder, no sabemos morir… Sin embargo cabe la pena destacar que quien se va en paz, deja en paz a los suyos, y ese regalo es el mayor tesoro conocido.
Como comentario final a este escrito me gustaría concluir que: la vida sería mucho más fácil, si habláramos de la muerte.