lunes, 28 de mayo de 2018

Piensa que un día te vas a morir.


Piensa que un día te vas a morir.
Por Kimberly Vargas Morera
Directora de Creciendo a través del duelo

«No le temamos a la vida
y mucho menos a la muerte,
porque quien tenga vida,
vida le dará a todo,
aún a su propia muerte»
Anónimo

Pensar que un día moriremos, es quizás la forma más eficaz para procurar disfrutar conscientemente de la vida y del tiempo que nos queda en ella. No somos seres eternos, aunque nuestro comportamiento social así lo sugiera. Vivimos como si nunca fuésemos a morir y morimos como si no hubiésemos vivido; reflexionando hasta el final de nuestra vida acerca de todo aquello que quedó pendiente, no resuelto o sin alcanzar; y es que bien lo ilustra una frase popular que asevera: “No se muere diferente de cómo se ha vivido.”

Lo fundamental sería entonces cuestionarnos, ¿he vivido/vivo a medias?.. dice Coelho que “El hombre es el único ser en la naturaleza que tiene conciencia de que va a morir. No se da cuenta de que, con la conciencia de la muerte, sería capaz de ser más osado, de ir mucho más lejos en sus conquistas diarias, porque no tiene nada que perder, ya que la muerte es inevitable…”.
Y es que tener la certeza de morir, no le resta brillo a la vida, todo lo contrario; la enciende. Hablar de la muerte te permite alcanzar la consciencia de la finitud de la vida y medir el verdadero valor de lo realmente esencial.

En vida perseguimos  sueños y fantasías de poder, prosperidad, fama y triunfo; sueños que se destiñen por completo ante el peso de la muerte. Comprendiendo que el verdadero tesoro del hombre, radica en el tiempo y más aún en el tiempo que le brindas a otro. Destacando la importancia de las acciones que ejecutes hoy y que serán las consecuencias del mañana. Es decir, si murieras hoy, haz pensado… cómo te recordarían mañana?, ¿Cuál ha sido tu legado?, ¿qué haz sembrado en los otros?. Elisabeth Kübler-Ross nos comenta que deberíamos estar más preocupados por lo que hacemos hoy: “Si hoy tomáis la opción más elevada en todo, no sólo en vuestros actos, sino también en vuestras palabras y en vuestros pensamientos, el momento de vuestra muerte será un momento maravillosamente feliz”.

No tener o evitar la oportunidad de abordar este tema con calma y serenidad, sin que signifique la aproximación a una muerte anunciada, nos aleja de la vida. No tener capacidad de tomar decisiones de cómo morir, antes de morir nos impide vivir una buena muerte y por consiguiente; también nos impide a vivir una buena vida. Por el contrario poder redactar nuestro testamento y planificar nuestra muerte con todo lo que esto implica: rituales religiosos y mortuorios, aun así considerándonos “sanos” o llenos de vitalidad, nos permite recibirla con menos dificultad cuando el momento haya llegado. Además quienes nos sobrevivan, sabrán cómo vivir su duelo de manera sana, sin temor ni culpas de haber faltado a nuestra voluntad.

Bien funciona crear una libreta y que nuestra familia sepa de su existencia y que podamos titular: “cuando yo muera…”, describiendo en ella gustos, solicitudes, voluntades, condiciones, herencias, legados y valores. Con la posibilidad de escoger incluso lo que desee que diga su epitafio, decidir si desea ser cremado o sepultado, dónde morir, dónde ser enterrado, cómo vestir y qué decoración tendrá usted en su funeral. Es su despedida de esta experiencia terrenal, ¿la dejará en manos de otros? Piense que podrá usted elegir la música, los bocadillos y hasta la permanencia o no de los asistentes.

El famoso teólogo Josep Gil considera que:”a lo largo de nuestra vida estamos construyendo nuestra muerte, pues el último aliento que expiramos puede contener todo lo que hemos hecho bien y a la vez, todo lo que no hemos llegado a hacer”. Y es que la muerte debe ser hablada, mirada de frente, escuchada y acompañada. Debemos educarnos y educar para que eso sea posible, instruyendo a nuestros hijos a que no tengan miedo a vivir y tampoco a morir. Por no hablar de la muerte no sabemos cómo manejar nuestro propio duelo, si habláramos de ella, nos sentiríamos más cómodos con las emociones que sentiríamos con el duelo. Kübler-Ross nos dice que entonces: “empezarías a daros cuenta que cada palabra y cada acto afecta vuestra vida y también alcanza a miles de otras vidas.” Y Alejandro Jadad por su parte, agregaría que: “La certeza de morir es el mayor incentivo que tenemos para lograr una vida plena, feliz y llena de amor”.

Sin embargo vivimos en una sociedad que a diario niega conscientemente la muerte, lo cual acaba irremediablemente también por negar la vida. Es por esto que resulta fundamental que la muerte deje de ser un tabú y comencemos a conversar más sobre ella. Cada persona sabe y conoce la condición inherente de finitud, pero la obvia con ligereza, sintiéndola lejana e impersonal. Incluso hasta podría advertir que esa respuesta evitativa explicaría un temor profundo a veces no reconocido conscientemente hacia la muerte. Hablar sobre aquello que tememos es el primer paso para reducir nuestro miedo.Como bien lo menciona Joan Carles Mélich, con frecuencia:” la sociedad olvida que no mueren los viejos, sino los vivos”. Joan critica que vivimos en una sociedad que sólo piensa y acepta la muerte como una cosa de gente mayor, una cuestión de aproximación al final del ciclo de vida. Pero hemos entendido el ciclo de vida como una norma universal, que ciertamente no todos cumplen. La gente no muere cuando envejece, la edad no es una característica única ligada al fallecimiento,  el único verdadero requisito para morir, finalmente es vivir.  

La muerte siempre sorprende, a cualquier edad, de cualquier forma… Nos va tocar morir y ver morir a nuestros seres queridos, como ya lo he mencionado, somos una cultura que por naturaleza niega la muerte. En la actualidad hay menos capacidad de luto, menos espacio para el dolor. La vida acelerada nos reduce espacios de intimidad y conexión con nosotros mismos. Comenzando incluso, por la falta de instrucción que recibimos ante la primer asistencia a una vela. No sabemos perder, no sabemos morir… Sin embargo cabe la pena destacar que quien se va en paz, deja en paz a los suyos, y ese regalo es el mayor tesoro conocido.
Como comentario final a este escrito me gustaría concluir que: la vida sería mucho más fácil, si habláramos de la muerte.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El poder de los abrazos.



Hemos sobre estimado el verdadero poder de los abrazos, abrazamos con frecuencia pero no con una conexión real con el otro. Hemos superado distancias y barreras tecnológicas, pero no sabemos como crear auténtica cercanía; la vida nos empuja a la competencia, la prisa y la rutina y los abrazos son cada vez más pequeños y su trayectoria es casi fugaz. Lo cierto es, que no estamos dedicando el tiempo necesario para abrazar, no estamos aprovechando el disfrute del vinculo y la cercanía con el otro, rehusándonos de manera inconsciente a los múltiples beneficios que nos brinda el abrazo. No debemos tomar ni brindar un abrazo a la ligera, queda una sensación de vacío, incomprensión, falta de empatía y un sin sabor corporal.

El abrazo es una respuesta natural ante ciertas circunstancias, un constructo cultural y social e inclusive una verdadera necesidad humana. Abrazamos como saludo y como despedida, en tiempos de triunfo y celebración así como en tiempos de pena y aflicción. Incluso es la forma oficial como desde pequeños solucionamos nuestras diferencias. Aprendimos que el abrazo, es la primer manifestación de amor que todos los seres humanos sentimos; pero este va mucho allá del simple hecho de mostrar cariño o afecto. Un abrazo sincero y cálido cuenta con el poder necesario para mejorar nuestro estado de ánimo. La cercanía corporal con el otro nos permite una sensación de seguridad, confianza y protección, además de producir un resultado recíproco.

Existen variedad de abrazos en intensidad, intencionalidad y frecuencia, abrazos para el cuerpo y abrazos para el alma. En tiempos de adversidad la acción de abrazar es un proceso sanador, que brinda alivio y consuelo. Un abrazo solidario no resuelve el conflicto o el motivo de nuestra tristeza, pero aliviana la carga.

Números estudios científicos demuestran que el abrazo posee incluso implicaciones reales en el mejoramiento de nuestro bienestar: 

  1. Reduce el nivel de estrés y ansiedad 
  2. Mejora la presión arterial 
  3. Fortalece el sistema inmunológico 
  4. Beneficia el sistema cardio vascular 
  5. Reduce el riesgo de padecer demencia 
  6. Mejora la autoestima 
  7. Promueve mejores y duraderas relaciones personales 
  8. Genera felicidad 
  9. Aumenta el estado de paz y armonía 
  10. Demora el envejicimiento 


¿Qué tan dispuestos estamos a recibir o brindar abrazos?

El acto de abrazar puede comunicar más amor en 5 segundos, que la palabra en 5 minutos. 

Lo único que se necesita es sentir el amor y demostrarlo.

¡Déjate Abrazar!


Abraza a tu pareja, familia, compañeros, amigos, conocidos, pero sobre todo:

ABRAZA LA VIDA.



“Quiero un mundo donde las personas sean respetadas por la facilidad y calidez con que se funden y no por la fortaleza de sus murallas"

Kathleen Keating


Un abrazo cambia todo…





Licda. Kimberly Vargas Morera
Directora Creciendo a través del duelo

martes, 1 de diciembre de 2015

Los invitamos a escuchar, comentar y compartir nuestra participación en la radio: "Hablemos de Duelo", en el Programa Somos Emprendedores, Radio Bahía Puntarenas.

Grabación: Programa en Vivo 07 de Noviembre, 2015.

https://www.youtube.com/watch?v=eMQAjYOmhM4

sábado, 6 de diciembre de 2014

Navidad en Tiempos de Duelo


¡Vive Diciembre!

Comienza diciembre, una época difícil para quienes hemos perdido a un ser querido. Es ahora donde necesitamos estar más cerca, pues para muchos será la primera navidad sin ellos, y para otros, otra navidad sin el (ella). Recuerden que el proceso del duelo no es un proceso de olvido sino de aprender a recordar sin dolor. Y recordar su sonrisa, sus gestos, ocurrencias, su risa, agranda nuestro corazón, lo expande. Pues aunque hoy no está con nosotros... está en nosotros.
No perdamos el significado de la navidad, brindemole uno nuevo, uno positivo, no le teman a esta fecha. En diciembre acostumbramos a mirar atrás, y evaluar el año que hemos vivido, encontraremos de todo: risas, lágrimas, triunfos, fracasos, cambios, nacimientos y también pérdidas y muerte. Se reafirma la ausencia de quien ya no está, confirmamos la falta de alguien en la familia, y al mirar hacia delante, un año nuevo, una nueva posibilidad de imponernos retos, metas y sueños; pero para muchos en duelo los proyectos de vida se detienen, cuesta recibir con alegría estas fechas, la angustia y tristeza nos visita de nuevo, o tal vez aún no se ha ido del todo. Pero la navidad significa vida, significa nacimiento, y tu ser querido aún vive dentro de ti, en tus recuerdos y en tu corazón. Nadie muere cuando se recuerda.
Hay que saber como enfrentar y asumir esta fecha, saber integrarla, es más hay que saber vivirla y vivirla en plenitud. Si no sucede, el próximo Diciembre nos plantearemos la misma cuestión. Así año tras año. No se aislen de los demás, si te aislas ¿qué pasa con el resto de la familia? ¿les vamos a privar de un momento que podemos vivir en unión, recordando y disfrutando en alegría la vida?. EL AMOR NO ES SOLO PARA LOS QUE MURIERON.
Recrear la navidad, asumirla, enfrentarla y vivirla es un paso importante para la elaboración del duelo. Celebra la vida - sana tus heridas - pese a nuestro dolor ¡Vivamos diciembre!.


martes, 14 de octubre de 2014

¿Qué aprendiste del Duelo?



Popularmente la gente te dice que de cada experiencia vivida positiva o negativa aprendes "algo", bueno o malo, aprendes a repetir o extinguir conductas pero indiferentemente no hay situación que no genere un aprendizaje; aunque esta regla universal, me parecía carente de significado en aquél momento, e incluso la percibía como absurda en un principio, al menos durante aquél momento cuando la muerte decidió llevarse a mi ser querido: ¿qué iba yo aprender de esto?, ¡nada bueno tenía!, ¡nada positivo que rescatar!, lo peor sucedía, y el dolor no parecía sanar.

Sentía profunda tristeza, ira, me enemiste con Dios durante un tiempo, era muy injusto todo lo que ocurría. Pero conforme te vas moviendo en tu duelo, conforme avanzas en tu proceso, te das cuenta que verdaderamente el duelo enseña algo... la muerte te acerca a la vida, la muerte paradójicamente te enseña a vivir.

Aprendes a ser más humano ante el dolor de otros, adquieres una actitud solidaria desde lo más auténtico de tu ser, la humildad te brinda una importante lección de vida y tu sensibilidad aumenta a un alto nivel; el duelo por un ser querido te enseña cuáles cosas en la vida son realmente valiosas. Descubres el poder del amor, la unión, la compañía, la amistad, el valor de una sonrisa y entiendes el profundo poder de los abrazos.
Piensas en lo que otras personas han podido sufrir con una pérdida, y te percatas de la cantidad de gente que sufre en el mundo, ya no eres ajeno a ese dolor, ahora lo entiendes, ahora también lo vives.

Restas valor a lo material, te desprendes fácilmente de lujos, el dinero y los bienes materiales carecen de importancia, eso no da felicidad y verdaderamente, pierden su valor ante la muerte. Te vuelves mucho más consciente de tu propia muerte (uno de los descubrimientos más reveladores quizás, puesto que aunque todos conocemos nuestra condición de finitud, vivimos como si no fuera nuestra verdad) recuerdas que tarde o temprano todos morimos y que el tiempo que verdaderamente vale es este, es hoy, es ahora. Aprendes a disfrutar y no dejar pasar por desapercibida cada oportunidad para comunicar lo que sientes por otro ser humano. 

Aprendes que no merece la pena enfadarse por pequeñas cosas, aprendes a no juzgar a nadie por sus actos, todos cargamos una dosis de dolor en nuestras vidas y buscamos de alguna manera comenzar a sanar; aunque a veces no tomemos las mejores decisiones. 

En el duelo recibes aunque para un cruel momento, un precioso regalo. Te das cuenta y reconoces desde el corazón a las personas que realmente te quieren y que se preocupan por tu bienestar. Aprendes a acercarte a Dios, confiando plenamente en su promesa, esperando pacientemente la alegría del reencuentro, pero sin olvidar vivir intensamente cada segundo de tu vida. La experiencia del duelo puede enseñarte a prepararte para morir viviendo una gran vida, también puede enseñarte la noble tarea de acompañar a otros que sufren y salir al paso del dolor ajeno por la pérdida de un ser querido. Como bien lo menciona José Carlos Bermejo: "Quiero pensar en el dolor sin negarlo, sin dulcificarlo, pero también sin reducirlo a una experiencia oscura y sin salida". Quizá con esta experiencia aprendí a practicar y entregar nuestra verdad más grande y hermosa: el amor. 

Sentir dolor después de una pérdida es normal e incluso esperado, te duele porque amaste. Tu dolor es una prueba de que estás viv@ y una señal de que tú eres capaz de reaccionar ante las distintas experiencias de la vida. Pero y tú qué decides hacer con tu dolor, ¿padecerlo y transformarlo?, o ¿evitarlo y nunca sanarlo?.

Yo decido hacer algo con él, decido transformarlo, utilizarlo para dar al otro, decido ayudar y dar a los demás y así he descubierto que se sufre menos, es decir, el dolor es el mismo por su puesto, pero se hace más liviano o tal vez... yo me vuelvo más fuerte.

¿Y tú que aprendiste de tu duelo?
¿Qué decides hacer con tu dolor? 


El siguiente vídeo, fue especialmente editado para ti, que al igual que yo, lloramos porque amamos.





















Referencias

Bermejo, J.C. (2013). Estoy en Duelo. 10 ed.  PPC: España.

martes, 22 de julio de 2014

Cicatrices



Todos coincidiríamos al pensar, que cada cicatriz relata una historia, cada cicatriz esconde las huellas de nuestro pasado; cada cicatriz cuenta una situación de dolor que ha cerrado, que ha cicatrizado… ya no duele como antes, pero indudablemente la herida fue tan profunda, que nos ha marcado para toda la vida.

Contamos con cicatrices perceptibles a la vista o tacto de las personas, pero también escondemos dentro de nosotros mismos cicatrices que no son visibles a simple vista. Cicatrices emocionales, de situaciones de duelo y pérdida, cicatrices que tal vez han provocado mucho más daño, y mucho más dolor en nuestra historia de vida que el dolor experimentado por una pierna rota. Cicatrices al cuerpo, o cicatrices al corazón, con diferentes formas y diferentes significados, e incluso diferente percepción del dolor.

Hay cicatrices provocadas por una caída de una bicicleta en nuestra infancia antes de conquistar el equilibrio, alguna seña en nuestro cuerpo que compruebe nuestra lucha y derrota a la varicela, un corte en la rodilla por rescatar a un animal en apuros, un raspón en la cabeza por jugar y disfrutar  con amigos, cicatrices dibujadas mientras nos encontrábamos creciendo y dominando habilidades para la vida. Cicatrices vividas bajo una marco de disfrute o satisfacción de logro.

A medida que crecemos, estamos expuestos a todo tipo de cicatrices. Podemos adquirir cicatrices  por nuestro primer corazón roto, y el segundo, y el tercero... ¿recuerdas tu primera desilusión amorosa? ¿cuánto pudo llegar a doler?. También existen cicatrices provocadas por un accidente, enfermedad, quemadura o alguna intervención médica.


En su existente variedad también encontramos cicatrices hermosas, cicatrices de germinación de vida, como la que deja una cesárea durante el parto. Alguna cicatriz en busca del bienestar de otro, al donar un riñón y convertirte en medio y esperanza de vida para otro ser humano, o una cicatriz que te recuerde eternamente la virtud del agradecimiento al recibir un órgano que reemplace nuestros tejidos dañados para seguir viviendo.

Existen cicatrices de corte emocional provocadas por la pérdida de una relación de pareja (divorcio/separación), o tal vez provocada por alguna palabra que te impactó negativamente en algún momento determinado de tu vida. Cicatrices de maltrato y desprecio, cicatrices de rechazo o burla, cicatrices que no provocaste, pero que recibiste. Cicatrices que provocaste y que evadiste. Sin olvidar mencionar que no sólo hemos sido víctimas, también hemos sido perpetradores y hemos causado cicatrices en otros (inconsciente o deliberadamente), pero también hemos dañado o lastimado a otros y ellos cargan en su disfraz nuestras cicatrices, nuestras marcas. Hemos sido marcados y hemos marcado, reflexiona acerca de esto: las marcas que has dejado en otros, ¿conllevan un impacto positivo o negativo en sus vidas?.

Lo cierto es, que estamos hechos de cicatrices no importa de qué tipo, las adquirimos desde que nacemos, es quizás nuestro ombligo la cicatriz más hermosa que todos poseemos... Todas y cada una de las cicatrices que vestimos, independientemente de su causa o razón, todas dolieron. Pero es tal vez más dolorosa la cicatriz que surge al perder, es esta la misma razón por la que todos hemos llegado a esta página… porque hemos perdido.

Una cicatriz por la pérdida de un ser querido, es la cicatriz más difícil de cicatrizar, de cerrar, de sanar y de superar. Enfatizando en la palabra la más difícil de cicatrizar, pero no por esto significa que no pueda llegar a sanar. Cada cicatriz en nuestra vida es una marca de crecimiento, cada pérdida (aunque parezca difícil comprenderlo), supone una ganancia, cada experiencia de dolor, trae consigo una lección de vida, cada experiencia lejos de contar con la intensión de la tan frecuente interrogante del ¿por qué?, nos invitan a reflexionar por la conciencia reveladora del ¿para qué?. Siéntete orgulloso (a), de cada cicatriz en tu corazón; cada una trae consigo una ganancia; incluso la muerte.

Tal vez sean las manos con más cicatrices las que saben con más suavidad acariciar. Suena ilógico pensar así (podrían re plantearse), pero lo cierto es, que bajo situaciones límite y de dolor es cuando descubrimos el auténtico sentido de la vida y el verdadero valor y significado de la palabra amor, amistad, compañía, gratitud y solidaridad...

Desde el punto de vista biologuista, una cicatriz tarda hasta dos años para regenerar adecuadamente el tejido dañado tras la herida; en el duelo es muy similar, la elaboración del duelo puede tardar hasta dos años encontrándose aún bajo criterios adecuados de sanación. La herida para sanar debe tener ciertos cuidados para así lograr cicatrizar: mantener limpia la zona afectada, aplicar solución salina, protegerla de bacterias o posibles infecciones, suturar incisión, entre otros cuidados médicos... así sucede también en el duelo, la persona necesita sanar su herida, limpiar ese dolor y durante el proceso puede experimentar negación, ira, tristeza, desesperanza, y poco a poco poder llegar a negociar con la realidad y asimilar lo ocurrido, hasta lograr aceptar la ausencia física de su ser querido. Pero aceptar la ausencia no es olvidar, aceptar es aprender a vivir con la cicatriz.

Algunas personas comentan que en ocasiones, mirar la cicatriz duele más que la misma herida (y puede que tengan mucha razón), ¿cuántas veces por centrarnos sólo y exclusivamente en esa experiencia de dolor, nos olvidamos de que seguimos vivos?, ¿cuántas veces reflexionamos acerca de la presencia de otros seres que también amamos y que continúan aún con nosotros? - toma tu tiempo y reflexiona - ¿cuánto tiempo miras tus cicatrices?, y con  mucha más vehemencia cuestionate: ¿con qué sentido las miro, cuál es mi verdadera propósito? lo hacemos con la intensión de no olvidar los aprendizajes obtenidos y agradecer su aporte y crecimiento en nuestras vidas, o las miramos con la intensión de auto propiciarnos todavía más dolor y más sufrimiento.

-“Déjame sanar las heridas del cuerpo, que las del corazón no se iran” le decía un hombre a su terapeuta.
- A lo que el terapeuta responde: Las heridas de tu corazón no se irán si no decides trabajarlas, para sanar debemos sangrar, la herida necesita sangre coagulada en su superficie para comenzar a cicatrizar, para elaborar el duelo sólo existe un camino, debemos atravesar el dolor, atravesarlo pero no quedarnos a vivir en él; las cicatrices en tu cuerpo, en tu alma y en tu corazón, demuestran lo que has pasado, lo que has vivido y lo que has sufrido, más no logran detallar con exactitud ¿cuánto te ha dolido?, ese dato sólo lo conoces tú…

"Cada herida deja una cicatriz, que tiene una historia y que te recuerda todos los días que sobreviviste" (M.Marín). 
Las cicatrices brindan también un segundo mensaje, no sólo demuestran nuestra historia, demuestran también lo fuerte que hemos sido para sanar, cerrar, cicatrizar y seguir adelante; una cicatriz demuestra no sólo tu dolor o padecimiento, una cicatriz demuestra también tu fortaleza.

Independientemente del tamaño, color, dimensión o profundidad de nuestra cicatriz, depende de nosotros cerrarlas o dejarlas sangrar. ¿Dejará de doler? - no en su totalidad, pero no con la misma intensidad de su inicio.
Durante el proceso de cicatrización de una herida, esta dejará una marca, un rastro de que fue real, una seña de que si ocurrió, que forma parte de tu historia y que aunque dolió, fuiste más fuerte que aquello que te hirió. Al final de cuentas, las cicatrices son pruebas de que has vivido, nos duele porque estamos vivos.

¿Qué tan grande es tu herida hoy?, no importa que tan extensa o profunda sea tu herida, ¡puedes llegar a sanar!, no cubras tu herida con una banda, eso no la curara, sola la cubrirá a la vista de todos e incluso de tu propia vista, el suponer que no ocurrió no lo hace cierto, estar en duelo es conectarse con el dolor que nos causa la pérdida no huir de él.

El dolor también tiene sus marcas, pero seguido a la cicatrización deviene el crecimiento, y de cada marca en nuestro cuerpo algo hemos aprendido o algo hemos recordado. No escondas tus cicatrices ni con ellas la belleza detrás de su historia; tu esfuerzo, tu voluntad, tu valentía, tu coraje no debe permanecer oculto… una cicatriz significa, "No me deje derrotar". Debemos llevar nuestras cicatrices como símbolo de identidad, al final de cuentas “ellas me hicieron quien soy”.

Algunas personas sienten vergüenza de sus cicatrices, las perciben feas y les da pena mostrarlas a otros; otros en cambio, con orgullo las portan por el significado de su historia en la vida propia o de alguien más. Quién posee numerosas cicatrices en su cuerpo o corazón, sabrá entender a otro ser humano a quién su herida aun no cicatrizó. Como un niño que observaba a un hombre con una gran cicatriz en su rostro y colocando sus manos sobre las del hombre, le pregunto: - ¿quién te provoco esa cicatriz?, el hombre sorprendido al no percibir temor por parte del niño, le contestó:-la vida - el niño confundido cuestionó, - ¿ella te hizo esa cicatriz?, - No, respondió con paciencia aquel hombre, - la cicatriz me la hizo el tiempo, ella sólo me provocó la herida (Víctor de la Hoz).

Una cicatriz es una marca de crecimiento personal, un símbolo de lucha, de atreverse a vencer el dolor, de atravesarlo; una cicatriz es una historia vencida, sin embargo al dejar marca, sabemos y entendemos que la pérdida se supera pero nunca se olvida

Las cicatrices nos muestran donde hemos estado... mira dentro de mis cicatrices y podrás comprender mi historia...